Fin del Mundo

El Gran Impacto (Parte 2)

La noticia es primera plana en todos los periódicos. Abre los noticiarios de prensa y televisión, en Internet solo se habla de Martillo de Dios. Millones de personas salen a la calle, pidiendo alguna solución. Hay enormes manifestaciones, se dan los primeros casos de pillaje, los crímenes suben espectacularmente, y los políticos no saben qué hacer, salvo sacar más policías a la calle ayudados por el ejército. En medio de tanto lío, nadie hace caso a una pequeña noticia perdida entre tantos problemas: España y Portugal, además de otros países, están comprando todo el plomo, toda la comida, medicinas, herramientas de mano, combustible y maquinaria pesada para obra civil que encuentran. Nunca pagaron esas compras. Pero nos estamos adelantando un poco.

            Hace escasos días que el director de la Guardia Civil ha pedido una reunión de todo el gobierno en pleno, para tratar asuntos muy importantes sobre el comportamiento de la población en la mayor crisis que ha vivido la humanidad. El hombre está ojeroso, no ha dormido mucho en los últimos días; ha viajado por toda España, hablado con muchas personas, trabajado hasta la extenuación, pero sus planes ya están en marcha. Ahí están las compras por todo el mundo para demostrarlo. Cuando todo el gobierno está reunido, el director hace una señal, y entra más gente en la amplia habitación. Son los guardaespaldas de ministros, secretarios, subsecretarios y directores. El director de la Guardia Civil los señala, al tiempo que dice.

  • Queréis hacer grandes refugios solo para vosotros. Pero yo no estoy de acuerdo. Hay que salvar a toda la gente que se pueda y lo haremos. Tengo a la Guardia Civil, a la policía, a todo el Ejército, vuestro servicio de protección,  sindicatos y algunas asociaciones patronales de mi parte, entre otras cosas. Todo el gobierno de Portugal está de acuerdo conmigo. Señores, señoras, esto es un Golpe de Estado, y quien no esté conforme, será fusilado ahora mismo. Nadie os protege, como podéis ver. Os iréis a casa y, cuando llegue la hora, cogeréis una pala y un pico. A partir de ahora, se hará lo que yo diga.

Todos bajan la cabeza. En su interior saben que han fallado, y menos mal que alguien se ha movido. Pero el director de la Guardia Civil aún no ha terminado. Conecta un televisor y hace que todos miren las noticias. Algo muy grave está ocurriendo en esos mismos momentos. Aunque el gobierno español lo sabía no ha dicho nada, y eso que la cosa se ha puesto muy negra en pocas horas. Incluidos los duros guardaespaldas, tragan saliva con mucha dificultad.

Inmediatamente después de conocerse la noticia, empezó la mayor emigración humana de toda la historia. Centenares de millones de ciudadanos chinos quieren salir de China como sea. Al principio, de forma un poco educada, pero luego, formando enormes masas de gente que lo arrasa todo a su paso. Por supuesto, los gobiernos de Laos, Birmania, Corea, Mongolia, Tailandia… No estaban muy conformes con que sus países fueran destruidos por los que huían de China, antes de ser destrozados por el cometa. Intentaron evitarlo con buenos modos, con educación y diplomacia, pero los chinos estaban demasiado desesperados para ponerse a discutir. En apenas unos pocos días, de las palabras se pasaron a las bolas de goma, gases lacrimógenos y porras de policía, con escasos resultados. Las primeras balas y obuses de cañón no tardaron en aparecer.

La India, que nunca fue muy amiga de China, decidió que ni un solo ciudadano chino o nepalí, que también huían aterrorizados, entrara en su territorio, y formó a lo mejor de su ejército, con la orden de disparar contra todo lo que se moviera. Y lo hicieron, con escasos resultados. Es lo que pasa cuando juntas a millones de personas desesperadas. Lo malo es que los indios también estaban desesperados, y esa desesperación hizo que alguien apretara el botón nuclear. El gobierno chino, visiblemente cabreado, también apretó su propio botón y… La primera guerra atómica de la humanidad duró doce horas, y costó la vida de cien millones de personas.

Al enseñar esa noticia en la televisión, el director de la Guardia Civil demostró que las cosas no serían fáciles, serían condenadamente difíciles. El presidente del gobierno se mira las manos. Nunca ha empuñado algo más pesado que un bolígrafo. Pero será el primero en empuñar el pico y la pala. Morirá sepultado por una avalancha de hormigón tierno, mientras alzaba uno de los refugios. Será una de las dieciséis mil personas que morirán construyendo los refugios. No había tiempo ni material para la prevención laboral. Por todo el mundo hay pequeñas guerras, revueltas, violentas manifestaciones, asesinatos, violaciones. Con increíble rapidez, leyes, policía y tribunales desaparecen. Solo perduró, y no en todas partes, la ley militar.

Mientras el mundo se vuelve loco, toda España y todo Portugal se ponen a cavar. Por cierto, ¿para qué el plomo? Pues muy sencillo, para hacer amortiguadores que salven los refugios de los terremotos. La idea no es nueva, en Estambul los pilares que sostienen la enorme estructura de Santa Sofía tienen una base de plomo, que la protege de los numerosos terremotos de la zona. Pero no hay suficiente plomo para tanto refugio. La mayoría tienen que conformarse con grandes muelles de acero, reservándose el plomo para los hospitales y centros de control. ¿Será suficiente? Eso está por ver.

Se abandonó la costa, para centrar todos los esfuerzos en el centro de la península. Así se evitaban las enormes marejadas y tsunamis que estaban previstos por los científicos. También se abandonaron las zonas con más movimientos sísmicos. Las Canarias, las Baleares, quedaron desiertas, aunque una isla, Ibiza, acogió a muchas personas.

Con una capacidad para cuatro personas y algo de material y suministros, son refugios pequeños, con forma de cúpula. Cinco metros de base con apenas dos metros y medio de alto; fáciles de construir y baratos, sus techos y paredes están formados por metro y medio de hormigón armado, y cubiertos con cinco metros de tierra. Todas las naves industriales, con sus maquinarias, se protegieron llenándolas de tierra hasta el techo, y cubriéndolas con los reglamentarios cinco metros de tierra.  Dentro de esas naves, primorosamente cubiertos de tierra, se guardaron camiones, excavadoras, blindados de guerra, cañones, combustible…hasta se desmontaron algunos barcos y se trasladaron tierra adentro. No hubo suficiente maquinaria pesada para mover la tierra, ni siquiera suficientes picos y palas o capazos con que llevar la tierra. Mucha gente tuvo que usar las manos y cualquier cosa capaz de llevar algo de tierra, incluso bolsas de plástico de supermercados. Muchos se fabricaron sus propias herramientas con lo que tenían por casa. Se construyeron miles de purificadores y recicladores de aire y de agua. Al mismo tiempo, todos los barcos pesqueros y pescadores de agua dulce arrasaban con todo lo que encontraban en mares, ríos, pantanos y lagos. Los agricultores recogían cualquier hierba o planta comestible y los ganaderos hacían parir sus animales a la carrera. Se procesaron millones de toneladas de comida secándola, ahumándola, en conserva, salándola…Se aprovecharon todas las cuevas y túneles, se protegió con tierra centenares de kilómetros de carreteras y autovías, además de líneas de ferrocarril y cuatro pistas de aeropuertos. Todos los aerogeneradores y huertos solares fueron meticulosamente desmontados, y enterrados en la tierra. Se fabricaron miles de kilómetros cuadrados de plástico para invernadero, además de las estructuras para esos invernaderos. También se fabricaron millones de balas y de minas antipersonas.

Francia, Italia, Marruecos… eligieron la primera opción. Alzar pocos pero grandes refugios, y dejar a la población a su suerte. Pero esa gente se enteró de lo que pasaba en España y Portugal, y decidieron buscar la salvación donde no querían invitados. En los Pirineos fueron rechazados a base de balas y minas antipersonas. En los mares… Bueno, dejemos la cosa aquí.

Así y todo, se acogió a cinco millones de personas, elegidas bajo un estricto baremo. En el mundo destruido que pronto llegará, un agricultor es más valioso que un premio Nobel de Literatura. Un médico, mucho más necesario que un abogado. Es preferible una costurera que un tratante de arte… Fue una selección brutal, donde mucha gente murió solo por haber seguido su vocación. Brutal, pero necesaria.

España y Portugal no fueron los únicos en elegir esa opción. Países como Suiza, Colombia, Alemania, y unos pocos más también eligieron la segunda opción, unos con más éxito que otros. En Suiza lo tuvieron fácil. No construyeron refugios, pero excavaron sus montañas. Alemania ideó unos refugios prefabricados, que luego se enterraban en la tierra. Colombia imitó el diseño español…

Desde el primer momento, mucha gente no estuvo muy conforme con el proyecto, hasta aparecieron religiones del fin del mundo cuyos feligreses intentaron sabotearlo todo. Otros aún defendían la primera opción, y otros, sencillamente, no querían trabajar las doce horas reglamentarias, los siete días de la semana. Toda esa gente acabó o bien fusilada, o bien recluida en Ibiza. De paso, se libraron de personas poco deseables, entre ellos los presos considerados violentos y peligrosos. Se coló algún inocente, pero…  A los que allí quedaron se les prometió materiales y herramientas para construirse sus propios refugios. Promesa que fue cumplida por el director de la Guardia Civil, elegido dictador todopoderoso por las circunstancias que le tocaron vivir. Pero los marineros que debían llevarles esos materiales no pensaban lo mismo. Los barcos que debían ir a Ibiza, con todo lo necesario para esos refugios, zarparon de Valencia, pero cambiaron de rumbo al poco tiempo, para descargar en Alicante. Los familiares y amigos de los marineros agradecieron esa comida, ese cemento y las herramientas que transportaban. Los de Ibiza, sencillamente, murieron de hambre mucho antes de que Martillo de Dios impactara contra nuestro mundo.

Tiempo: – 25 días.

            En un desesperado intento, se lanzan todos los misiles atómicos almacenados por la humanidad contra Martillo de Dios, con resultados más que lamentables. La inmensa mayoría de misiles no están diseñados para volar más allá de las capas altas de la atmósfera y los chapuceros arreglos funcionaron a medias. Muchos se pierden en el espacio; otros vuelven a caer, incinerándose al entrar en la atmósfera. Los que sí están diseñados para volar más alto son máquinas viejas que nunca se han probado. Muchos no despegan por un simple fallo mecánico o eléctrico; otros, estallan dentro de sus silos. Solo unos pocos llegan al escudo protector que rodea Martillo de Dios de piedras y trozos de hielo, para ser destruidos en pocos minutos. Ninguna bomba logró estallar sobre la superficie del cometa. Toda la humanidad suspira, ya solo queda saldar las cuentas con los demás y con Dios.

En España y Portugal aún se trabaja sin descanso. Es el último trabajo. Todo lo que arde debe ser protegido  bajo tierra. Se talan todos los bosques, se recogen los muebles de madera, hasta la hierba se corta y se seca. Todo lo que arde es energía, que será muy necesaria en los primeros días después del impacto. Ya no queda nada de España y Portugal, no hay bosques, todos los animales o se han cazado para aprovechar la carne, o ya descansan en los refugios. Mares, ríos y pantanos ya apenas albergan algún pez. Todos han sido pescados, y esperan ser devorados por las personas, que miran al cielo sin parar de trabajar.  Martillo de Dios se ve a simple vista, con un tamaño aparente que es la mitad de la Luna. Todo el cielo, incluso por la noche, tiene un aspecto lechoso. La Tierra está sumergida en la enorme cola del cometa. A cada día que pasa, aumenta el número de estrellas fugaces en el cielo. La radio dice que una gran roca ha destruido Quebec.

En Norteamérica, un mayor general también mira el cielo. Está tan cansado que ni se fija en Martillo de Dios, solo mira al cielo para desentumecer los doloridos músculos A sus espaldas, un gigantesco refugio está a punto, incluso con los que se salvarán en su interior. Han sido años muy duros para el mayor general y su gente, que han protegido las obras del refugio contra todo el que quería entrar sin ser invitado y han sido muchos los que lo intentaron. El refugio está protegido por nada más y nada menos que la 101 División Aerotransportada, la flor y nata del ejército estadounidense. Veintidós mil hombres y mujeres armados hasta los dientes y que apenas han descansado desde que empezaron las obras.

El refugio es enorme. Acoge a cien mil personas, con comida para un año. Además, cuenta con enormes almacenes con semillas, maquinaria, combustible, forraje, comida y su granja acoge a más de cien mil animales de todo tipo. Por tener tiene hasta extensos huertos que darán comida fresca todos los días; además de bares, piscinas, bibliotecas, talleres, discotecas… En todo Estados Unidos se han construido cincuenta refugios como aquel, que salvarán la vida a cinco millones de personas. El resto tendrá que apañárselas como pueda. El que protege el mayor general está ocupado por el vicepresidente de la nación, su familia y toda su camarilla. Por supuesto, y como ha ocurrido en casi todo el mundo, el anunciado sorteo sólo ha sido una patraña. En otro refugio está el presidente, para no poner todos los huevos en un mismo cesto. Si uno muere, el otro quedará al mando.

Pero el trabajo ya ha terminado y el mayor general entra en el refugio. Es la hora de la despedida. Los mandamases estarán a salvo, mientras que los soldados tendrán que enfrentarse al mayor desastre conocido por la humanidad. El vicepresidente le espera  en la puerta, vestido con su mejor traje, muy serio. La ocasión requiere seriedad. Protocolariamente, alarga la diestra y hace cara rara. Debió de pensar que es de muy mala educación poner una enorme pistola a dos palmos de su cabeza. Si pensó que también era de mala educación meterle una bala justo por encima de la nariz no lo sabremos nunca. El disparo es la señal que esperan los soldados, que toman el refugio al asalto. Pero los de dentro, previsores ellos, han almacenado una buena cantidad de armas y se defienden con uñas y dientes. La pequeña guerra dura tres días. Se lucha habitación por habitación, pasillo por pasillo, y solo acaba cuando los ocupantes del refugio quedan totalmente exterminados. Sus cuerpos forman grandes montones fuera del refugio. Nadie pierde el tiempo en entierros y oraciones.

El mayor general se deja caer, agotado, en el sillón del vicepresidente. ¿Para qué coño se montó un lujoso despacho donde no faltaba ni un bien surtido mueble bar? En un mundo destruido no habrá mucha burocracia que resolver y, si la hay, con una pequeña mesa sería suficiente. A la mierda. Mira a sus soldados, y les dice que ya pueden traer a sus familias. Sabe que las cosas no serán sencillas. En la pequeña batalla, se han dañado máquinas y sistemas vitales para la supervivencia, que habrá que reparar lo antes posible. Pero los verdaderos problemas vendrán luego. El refugio está pensado para cien mil personas, y tendrá que acoger a ciento cincuenta mil. Hay que racionar la comida desde el primer día.

De los cincuenta refugios construidos en los Estados Unidos, cuarenta fueron asaltados por los soldados que los cuidaban, y sus ocupantes o fueron exterminados, o expulsados con las manos vacías. Dos sufrieron catastróficos fallos en sus sistemas de purificación de aire o de agua, y todos sus ocupantes murieron. En cuanto a los otros ocho, sus ocupantes  sobrevivieron, pero el mundo destruido que encontraron al salir fue demasiado para ellos. Con ligeras diferencias, los miles de refugios privados enterrados por todo el mundo sufrieron la misma suerte. En la mayoría de los casos, los albañiles que los construyeron o el personal de seguridad mataron o expulsaron a los dueños. Otros, sufrieron daños o averías en sus sistemas vitales o fueron destruidos por meteoritos, terremotos, inundaciones… Curiosamente, muchos de los que se salvaron se suicidaron al poco de salir del refugio. Martillo de Dios les venció.

Tiempo:- 15 días.

            El mismo mayor general se ocupa de cerrar las puertas del refugio. Sus soldados, junto con sus familias, ya están a salvo. Está satisfecho, ha cumplido con su trabajo. A la mierda los políticos, los grandes empresarios y demás gentuza por el estilo. Cualquier soldado de la 101 Aerotransportada es mucho mejor que toda esa chusma junta. Martillo de Dios crece a ojos vista, y por el cielo surcan miles de estrellas fugaces; son los trozos de hielo y roca que han destrozado los misiles nucleares. Algunas son grandes, y destruyen ciudades enteras. Muchos bosques arden. Ha empezado la destrucción.

            En España y Portugal la gente ya vive en los refugios. De vez en cuando se organizan pequeñas excursiones al exterior, para respirar las últimas bocanadas de aire fresco o, al menos, esa es la teoría. Hay tantos incendios por todo el planeta, que ya empieza a subir la temperatura. Al menos, en la Península ya no hay bosques para quemarse, pero algunas ciudades arden con furia. En los Pirineos, los soldados españoles y portugueses recogen sus trastos y entran en los refugios, directamente cavados en la dura roca. Curiosamente, ya nadie quiere entrar en España. La gente, dominada por una extraña apatía, mira el cielo horas y horas, contemplando como su asesino, Martillo de Dios, se acerca inexorablemente. En algunas partes, muy pocas la verdad, se lucha por vivir. Se mata por un sótano, por un trozo de suelo en algún túnel de metro, por cualquier cosa que de algo de protección. En otras partes, se organizan grandes orgías, o interminables rezos. Una enorme roca, de más de quinientos metros de diámetro, cae sobre París, que queda totalmente destruida. Ya no se ve el azul del cielo, tapado por una espesa capa de humo y hollín.

Tiempo:- 7 horas.

            Desde España ya no se ve la enorme mancha en el cielo que es Martillo de Dios; el mismo planeta Tierra tapa su visión. El que fue director de la Guardia Civil es el último en entrar en los refugios españoles. Fuma un cigarrillo, el último. Dentro de los refugios está prohibido fumar y beber alcohol, así que todo el mundo a hacerse abstemio. Por todo el planeta los muertos ya se cuentan por centenares de millones, pero nadie escribe las listas de fallecidos. Está muy cansado, han sido años muy duros, donde él mismo ha tenido que coger el pico y la pala, al tiempo que firmaba sentencias de muerte o de destierro. Al final, han sido cerca de quinientos mil los fusilados o desterrados. Ibiza se quedó pequeña, y fueron desembarcados en Mallorca. Pero ha hecho un buen trabajo; al final, treinta millones de refugios a rebosar de gente, de comida y de todo lo necesario para empezar de nuevo, jalonan España y Portugal. Entra en el refugio y deja que otros cierren la puerta. Dentro, hay murmuros de oraciones y algún jadeo de éxtasis sexual. La gente espera rezando, haciendo el amor o perdido en sus pensamientos. Hay un llanto de bebé y algunos niños corren por un pasillo que mide diez kilómetros de largo, huele a café. Debería pensar en la destrucción total que ya ha empezado, en los miles de millones de muertos, en lo que va a pasar. Pero toda su mente está dominada por un único deseo: una larga sienta. Lo despertarán poco antes del impacto.

Tiempo: 0

            Llega el impacto.

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