RELATOS CORTOS

EL ENGAÑO (Una historia ligeramente machista) Segunda Parte

¿Qué circunstancias se unieron para que cometiéramos semejante acto? Ni yo mismo lo sé. A buen seguro que los dioses estaban juguetones aquel fatídico día cuando, en un acto extremo de orgullo y debilidad, pecamos.

Los pensamientos se agolpan en mi pobre cerebro, embotado por la culpa. Las palabras no salen, las teclas del teclado no obedecen ¡Qué poco tiempo me queda, y tengo tanto que escribir! Empecemos, pues el tiempo se acaba, y quiero legar nuestra desdichada historia a las generaciones venideras. No deben cometer los mismos errores que nosotros llevamos a cabo.

Todo empezó a finales de un hermoso mes de octubre, del año de nuestro Señor de 2018. Fuertes lluvias otoñales prometieron una temporada de setas realmente extraordinaria. Así que los Cuatro Amigos nos dispusimos a saciar – es un apetito insaciable – nuestra pasión de monte y setas. Debo aclarar que somos expertos en la materia distinguiendo un níscalo de una amanita con los ojos abiertos. Con los ojos cerrados hay que morder y si pillas una amanita puede ser el último mordisco. Otro truco es llevar a alguien al que tengas mucha grima (la variante humana conocida como cuñado/da es perfecta para la ocasión) y que vaya mordiendo. Con un poco de suerte solo te caen veinte años y un día. Es un riesgo calculado que nunca llevamos a cabo… Y no por falta de ganas.

Por lo tanto, y al ser expertos en la materia, siempre – recalquemos el SIEMPRE – regresábamos a casa cargados hasta los topes de las más hermosas setas que ser humano pueda imaginar. ¡NUNCA! Absolutamente ¡NUNCA! fracasamos, que para algo somos los mejores.

Elegimos, para esa primera excursión, las agrestes montañas de Enguera, famosas mundialmente por sus gordas y sabrosas setas. Salimos antes del amanecer, cantando himnos a la Madre Naturaleza – bueno, Pablo se durmió antes de la primera rotonda, pero son cosas que pasan – por proveernos de tan sabrosos alimentos, seguros de regresar con un botín que sería la envidia de propios y extraños.

Llegamos, pues, a los montes enguerinos y, tres horas después, las cestas estaban vacías y los estómagos, también. Reclamaban el copioso bocadillo de las diez y, como en el monte no hay ni bares ni restaurantes, decidimos bajar al pueblo ¡Oh, Dioses Malignos! ¿Por qué jugáis con nosotros, pobres e insignificantes mortales? Les suplicamos, les imploramos, lloramos pero, desgraciadamente, no nos hicieron puñetero caso, y a la hora de comer, las cestas seguían vacías. Los estómagos, por cierto, también se habían vaciado, que los bocadillos de las diez suelen durar poco una vez engullidos.

Nos miramos, aterrados. Éramos Hombres, y fallamos en la misión más sagrada: proveer de alimentos al Hogar. En mi cabeza martilleaban las palabras dichas a mi amada esposa, la noche anterior:

  • Ve preparando los ajos secos y el cordero, amada mía, que de las setas me encargo yo.

A buen seguro que los ajos ya estarían pelados, limpios y a punto para freír. El cordero, primorosamente salado y con la medida justa de pimienta. El aceite, a punto para hervir a su temperatura exacta. Nuestras amadas esposas cumplirían con su parte en la sabrosa cena. En cambio, nosotros… ¡Oh, Dioses ¿Por qué nos habéis abandonado?!

Otra vez a bajar a Enguera, donde devoramos una exquisita paella de pollo y conejo. Después de los postres – flan de chocolate – regresamos al monte.

  • Caballeros, hemos fracasado en nuestra misión – dije, cuando, cerca de las seis de la tarde los cuatro formamos un círculo en torno a las cestas vacías – Los Dioses de la Tierra y el Cielo nos han abandonado… Hemos fracasado.
  • ¿Qué podemos hacer para remediar este desastre que, a buen seguro, pasará a los anales de la historia? – murmura Diego, conteniendo las lágrimas a duras penas.
  • Desaparecer, marcharnos con nuestra vergüenza – Pablo sí que llora a moco tendido.
  • Señores, Hombres como yo, no soy el más indicado para calmar nuestros ánimos en estos momentos aciagos – afirmé, rotundo – Todos sabéis que mi inteligencia e ingenio son limitados. Pero, por una bendición del cielo, tenemos a Pedro. Sabéis que su fama de inteligente e ingenioso ha traspasado fronteras ¡Hasta las Mujeres, los seres más inteligentes e ingeniosos de la Creación le respetan!… Pedro, mi buen amigo, se nuestro Pastor. Enciende la luz en las tenebrosas tinieblas a que estamos abocados. Pedro, hombre como nosotros ¡Sálvanos!… Te lo suplicamos.
  • Caballeros, somos hombres, y el Hombre siempre cumple su misión, por difícil que sea ésta. El Hombre nunca comete errores, el Hombre es duro como la piedra, tierno y suave como la brisa marina. El Hombre es perfecto y, por lo tanto, sus actos son perfectos… Caballeros, señores, hermanos, estas cestas deben ser llenadas hasta que rebosen – Pedro, sumido en profundas reflexiones, no aparta la vista de las cestas vacías – Debemos regresar al hogar con la cabeza alta y las cestas llenas. Solo así conseguiremos lo que en justicia nos corresponde: El Descanso del Guerrero.
  • ¡El Descanso del Guerrero! – exclamamos todos al mismo tiempo. Es la meta suprema, el premio al Hombre por su abnegación y sacrificio.
  • Entonces, mi buen amigo ¿Qué hacemos?
  • Bajar al pueblo a merendar. Pienso mejor con el estómago lleno.

Bajamos al pueblo y, por supuesto, pedimos chocolate con churros para merendar. Y, entre cucharada y cucharada de exquisito chocolate, nació el maquiavélico plan que nos llevó a la ruina.

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