RELATOS CORTOS

EL ENGAÑO (Una historia algo machista) Primera Parte

Estoy solo, y la soledad me aplasta como la pata de un elefante tritura a una desventurada hormiga despistada que pasaba por debajo de la pesada pierna del paquidermo. Lo he perdido todo, y la peor de las maldiciones ha caído sobre mi persona, y sobre mis amigos que están tan jodidos como yo. Me siento cansado, a pesar de que he disfrutado de una larga temporada de relativas vacaciones; también me siento viejo y eso que solo soy un madurito de lo más resultón. Mi cuerpo corrompido, y mi desgarrada alma ya no lo soportan más. El peso de la culpa es demasiado para mis fuerzas. Mis amigos ya no están y, espero y rezo, para que hayan encontrado la paz en el seno de algún benévolo Dios que, si bien no se la merecían, la necesitaban. Es el pago, el horrible impuesto que tenemos que abonar por nuestros múltiples pecados.

¿Qué hemos hecho – pues aquí incluyo a mis amigos- para merecer semejante castigo? Un castigo mil veces peor que la muerte ¿Qué cometimos, conscientemente, lo reconozco, para ser maldecidos hasta el fin de los tiempos? ¿Qué hicimos, se preguntarán vuestras mercedes, para ser castigados hasta que el mismo Universo desaparezca, con suplicios mil veces peores que las mayores torturas? ¿Por qué nuestros cuerpos se corrompen y nuestras almas gritan de terror?

¡Hay, lector misericordioso! Si, por ventura eres Hombre, cómo lo éramos nosotros, piensa, medita: ¿Cuál es el mayor pecado que puede hacer un Hombre? ¿Qué acto es merecedor del Mayor de los Castigos?

Si eres Hombre, amado lector, apenas habrás necesitado cinco segundos, para encontrar la respuesta ¡La única respuesta posible! A buen seguro que tu frente se habrá perlado de gotas de sudor frío. Ese sudor que solo el más grande de los terrores puede engendrar.

Pero, si por ventura eres Mujer (vamos a poner “Mujer” con mayúsculas no sea que se enfaden un poco más) no habrás necesitado ni esos cinco segundos para comprender lo que nos ocurre, y las faltas que cometimos. Los benévolos dioses del Universo os dotaron de la mayor de las inteligencias y, a buen seguro, que una amplia sonrisa adorna vuestros rostros de belleza inmortal.

Si, grandes lectores, cometimos el Gran Sacrilegio, el Pecado Supremo:

Engañamos a nuestras Mujeres…Bueno, a decir verdad también las estafamos, robamos, mentimos y otras cositas más; pero creo que con la palabra “Engañamos” queda claro lo que hicimos.

Y no solo eso: lo hicimos en grupo, durante meses y conscientemente. Sabíamos lo que hacíamos,  sabíamos que estaba mal, pero nunca se nos ocurrió dejarlo ni, por supuesto, contarlo a nuestras mujeres. ¡Hay que ver que gilipollas fuimos!

J.B.

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