Herramientas

El Cincel

La palabra “cincel” proviene del latín scindere para nombrar a una herramienta manual diseñada y construida para cortar, ranurar, desbastar o romper algún tipo de material siempre en frío. Aunque los herreros usan algo parecido (martillo de degüello) para cortar el hierro al rojo no es propiamente un cincel. Los cinceles siempre se han usado para trabajar el material en frío y, muy especialmente, la piedra.

Es otra herramienta que nació muy pronto, y apenas ha cambiado su diseño y como se usa. Los hombres primitivos ya tenían cinceles de hueso o piedra, y con ellos elaboraron las primeras estatuillas (Las Venus, entre las que destaca la Venus de Willendorf) de la humanidad así como grabados en cuevas que muchas veces sustituyen a las pinturas. Con la llegada de los metales, se construyeron en cobre, bronce, oro y, con el hierro, de acero. Alguien ha calculado que se necesitaron cerca de trescientos mil cinceles para levantar la Gran Pirámide de Egipto. Usaban cobre impuro, algo más duro que el cobre puro, un metal muy blando. Así y todo, el desgaste era tan grande que, tras ciento cincuenta o doscientos golpes había que afilar el cincel que se hacía con calor y martillo. Después de varios afilados, el cincel quedaba tan desgastado que se cambiaba por otro nuevo. Con esos cinceles, labraron los dos millones y pico de piedras con que está levantada la Gran Pirámide.

Una curiosidad. En las pirámides americanas no usaron cinceles. Son tierras pobres en metales, sobre todo, Centroamérica y los pocos que había en aquella época no se usaron para fabricar herramientas. Usaron martillos de unas piedras negras y muy duras.

Herramientas egipcias usadas para levantar las pirámides.

En las construcciones egipcias se puede ver la evolución del cincel. Los de cobre, al ser blandos, dejaban marcas cortas, casi puntazos. Esos cinceles tenían la punta plana o redonda y pequeña, de menos de un centímetro. Con la llegada del bronce, esos puntazos se alargaron y aparecen puntas planas más anchas y, con la llegada del hierro, dejaron largas rayas en la piedra que pueden llegar hasta los tres centímetros.

Solo con la llegada del acero y las técnicas de templado, el cincel adquirió la suficiente dureza y robustez para evolucionar hasta la herramienta que conocemos hoy en día, y que es usada no solo por canteros y albañiles: electricistas, escultores, orfebres, fontaneros… Usan cinceles a diario.

También los carpinteros usan el cincel, pero sus cinceles han evolucionado tanto que han adquirido un nombre propio: formones, de los que hablaremos en otra ocasión.

Y, como siempre ocurre en todas las herramientas, cada oficio quiere su propio cincel. Los electricistas necesitan abrir canaletas en la pared: por lo tanto, un cincel alargado, fino y con la punta pequeña es lo ideal. Los albañiles derriban paredes enteras con cinceles; sus cinceles son largos, fuertes y grandes. Un orfebre hace pequeños y muy delicados trabajos sobre metales blandos como oro o plata: sus cinceles son finos, con puntas muy pequeñas y con muchas formas pero, al mismo tiempo, muy fuertes. Incluso usan cinceles sin filo para marcar el metal. Hasta el punto se ha especializado esta rama de la orfebrería que han creado un arte propio: el cincelado y los que lo practican: cinceladores. Son cinceladores los que realizan las peinetas falleras.

Aunque no lo parezca, los ganchos que vemos debajo de la máquina roja son cinceles para remover la tierra. Son cinceles de agricultor.

Al trabajar el material en frío, se necesita mucha fuerza para usar el cincel con cierta eficacia: hay que golpear duro. El cincel siempre tiene un compañero inseparable: el martillo. Ya sea un martillo eléctrico, neumático o manual, sin su presencia, el cincel no sirve para nada. Y, como siempre que hay un martillo por en medio, hay que tomar precauciones. Todos hemos experimentado lo doloroso que es un martillazo en la mano. Se impone mangos largos, para que la mano no esté cerca de la zona de impacto y, siempre que sea posible, una buena protección.

Ahora bien, la mano que sostiene el cincel debe estar lejos de la cabeza del cincel, que es la parte que recibe el impacto del martillo. Puede parecer que un cincel largo sea lo más adecuado, pero no es así. Los martillazos deforman el metal, curvan el cincel que pierde eficacia y se vuelve mucho más peligroso. Un cincel doblado es sinónimo de accidente. Hay que buscar un equilibrio entre protección y eficacia que viene dado por el tamaño de nuestras manos. Un buen cincel de albañil debe ser un poco más que el doble que nuestro puño para que podamos sujetarlo con fuerza, la piel no esté demasiado cerca del material que trabajamos (con lo que evitamos algunos arañazos) y los martillazos en la mano hayan perdido algo de fuerza.

La forma y tamaño del martillo es de gran importancia. No es lo mismo romper una piedra que darle forma. Para romper la piedra lo mejor es una maza fuerte, pesada y de forma rectangular o cuadrada. Pero, para darle una determinada forma, la concentración del artista o artesano debe centrarse en el cincel; no puede estar pendiente de la maza que, si baja desviada, puede hacer mucho daño. Se impone una maza redonda como la que usan los ebanistas y canteros.

El cincel es otra de esas herramientas humildes pero imprescindibles. Sin él, muchos oficios y artes serían imposibles. Con el tiempo, ha evolucionado, ya tenemos cinceles de agua a gran presión, dirigidos por computador, láser… Pero seguro que pasará mucho tiempo antes de que podamos prescindir de ese humilde trozo de acero con punta y su compañero inseparable: el martillo.

J.B.

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